La práctica artística de Guillermina Espasandin se desarrolla en torno a la traducción de estímulos sonoros en lenguajes visuales. Su obra investiga cómo el sonido impacta sobre el cuerpo y cómo esa experiencia sensorial puede ser codificada en signos, trazos y estructuras que funcionan como registros de frecuencias invisibles.
Desde su infancia, el contacto cotidiano con instrumentos musicales generó una conexión profunda con el ritmo, la vibración y la improvisación. Ese vínculo temprano constituye hoy uno de los núcleos conceptuales de su trabajo, donde el dibujo se transforma en una herramienta para captar y traducir aquello que no puede verse.
La experiencia de trasladarse a una gran ciudad introdujo una nueva dimensión en su investigación. Frente a la intensidad del ruido urbano, surgió una pregunta fundamental: ¿es posible transformar aquello que perturba en una fuente de inspiración? A partir de esta inquietud nacen las Frecuencias, una serie de obras concebidas como tótems visuales capaces de contener, procesar y resignificar los sonidos del entorno.
Cada pieza se origina en un acto de escucha. El dibujo opera como un mecanismo de codificación mediante el cual fuerzas intangibles se inscriben en la materia de manera subjetiva. La obra emerge del encuentro entre un estímulo externo y una respuesta interna, convirtiéndose en el registro sensible de una experiencia perceptiva.
Sin embargo, el proceso no concluye en la instancia de producción. Las obras permanecen abiertas y se reactivan en la mirada del espectador, quien completa y transforma sus significados a partir de su propia experiencia. Las frecuencias se desplazan, se expanden y adquieren nuevas interpretaciones con cada encuentro.
En este sentido, codificar el caos se convierte en un gesto poético de resistencia: una forma de desacelerar el ruido, hacer visible la vibración y recuperar, aunque sea por un instante, la posibilidad de una escucha consciente.